Por: Ferney Yesyd Rodríguez Vargas

¿La Biblia es suficiente?

Varias películas sobre la vida de Jesús se presentan en la televisión en cada Semana Santa. Cada año se detiene el calendario para celebrar su nacimiento y conmemorar su muerte, catequesis, misas, cultos y revistas de los Testigos de Jehová hablan insistentemente de Jesucristo como un personaje histórico. Pero ¿realmente existió?

Primero que todo, hablaré del Jesús de los evangelios. El que nos muestra la Biblia y el catecismo. Un ser que nació sin que mediara un espermatozoide en su concepción, caminó sobre las aguas, convirtió una porción de esta en vino, sanó enfermos, expulsó demonios, y resucitó después de haber sido crucificado. Me referiré al Jesucristo, el ser milagroso y milagrero. En otras palabras, se trata de separar al hombre del mito.

Las principales fuentes de los cristianos para sustentar una biografía de Jesús son los cuatro evangelios presentes en la Biblia. Sorprenderá a los lectores dos hechos: Primero, que existieron más de cuatro evangelios que los que existen en la Biblia cristiana actual. Y segundo, que estos no fueron escritos al momento de los hechos que reportan, sino muchos años o décadas después.

La elección de los textos que terminaron haciendo parte de la Biblia actual fue resultado de una decisión muy posterior, siendo los primeros los Concilios de Hipo, en el año 393 A.D. y el de Cartago, en el año 397 y 419 A.D., ambos en el norte de África. Allí fijaron el listado de textos del Nuevo Testamento en 27 libros y seleccionaron los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) y dejaron por fuera otros como el de Tomás y el de Pedro. Los criterios utilizados fue que reconocieran que fueron escritos por un Apóstol o su discípulo. Cosa imposible de determinar en esa época. Que se utilizara en la liturgia de las iglesias Apostólicas (P. ej. Roma, Corintio, Jerusalén, Antioquía, entre otras). Y, por último, que estuviera en conformidad con la fe católica; un criterio de poca rigurosidad histórica.

Diferentes estudiosos se han percatado que los textos no parecen haber sido escritos por los discípulos a los cuales se les adjudican, y para ello se valen que los autores narran los hechos con muchas imprecisiones geográficas e históricas; imperdonables para un testigo presencial. Además, que hay una trazabilidad de qué texto fue primero, el de Marcos, que luego fue retomado por el autor de Mateo, por un lado, y el autor de Lucas, por otro, para agregarle hechos nuevos.

El primero de los cuatro evangelios fue el atribuido a Marcos. Es curioso porque este inicia con la narración a partir del bautismo de Jesús. Nada de nacimientos virginales, ni ángeles anunciando a un salvador. Estos hechos aparecen luego, en el evangelio de Mateo, que se ve redactado para convencer a un público judío, mientras que el de Lucas se ve redactado para convertir a romanos y no judíos (gentiles).

Del evangelio de Marcos, se tiene el manuscrito más antiguo del siglo III (alrededor del 220). Se puede presumir que es una copia posterior.  Pero no hay cómo sostener que su original sería de los 70, como pretenden los cristianos. En otras palabras, la evidencia material existente empuja hacia una fecha de Marcos más tardía que de los años 70. Si a esto le sumamos que los testimonios de los escritores romanos, que empiezan a dar cuenta de la presencia de cristianos datan del año 110, se puede concluir que pasó mucho tiempo para empezar a escribir una biografía sobre Jesús y, que además, quienes lo hicieron no fueron testigos presenciales sino que escribieron lo que escucharon de otros. Posteriormente vendría un “teléfono roto” para hacer más espectacular la historia.

Sin embargo, la prueba reina que tienen muchos teólogos cristianos para sustentar la existencia del Jesús de los evangelios es un párrafo del historiador Flavio Josefo o “testimonio flaviano”. Ríos de tinta se han regado sobre esa breve mención, pues se trata de la única que se hace en la obra “Antigüedades judías” en un texto que apenas abarca unas líneas. Un amplio consenso entre estudiosos apunta que estas líneas fueron un añadido posterior al texto original, presumiblemente hecho por cristianos. Esta práctica se denomina “interpolación”. Por otra parte, sorprende que los setenta historiadores que existieron a lo largo del primer siglo (Filón de Alejandría, Juvenal, Séneca, Plutarco, Apolonio, Luciano, Aulo Gelio, Dión Crisóstomo y Valerio Flaco, entre otros), no hablen de Jesús —llamado Cristo por sus seguidores. Ninguno narra el temblor de tierra que ocurrió al momento de la muerte de Jesús en viernes santo (Mateo 27:51).

Esto nos lleva al hecho que no existe ni un solo documento contemporáneo a Jesús o que constate la existencia de un personaje que hacía curaciones, resucitaba muertos, que atraía multitudes y que las alimentaba a partir de raciones escasas —como de alimentación escolar en la Guajira. Toda la historia que los curas y pastores dan por cierta se empezó a construir a finales del siglo primero por los seguidores de movimientos de Jesús, que no eran muy homogéneos doctrinalmente.

Anteriores a los evangelios son las cartas paulinas o escritos de Pablo. Pero también causa extrañeza que en estas no hay referencias a la vida de Jesús, a sus milagros, nacimiento virginal, y demás portentos.

El historiador Antonio Piñero explica de esta manera la mitificación de Jesús:

“Una cosa es Jesús, que es un carpintero, un artesano, y que, en sus ratos libres, como otros rabinos de la época, le robaba horas al sueño para aprender la escritura y predicarla. Este individuo, Jesús de Nazaret, es perfectamente encajable dentro de lo que era el Israel del siglo I. Cuando la gente dice que Jesús nunca existió, lo que hace es pegarle a la figura de Jesús toda esa teología del Cristo que es el hijo de Dios y que murió en la cruz por salvar a la humanidad, resucitó y subió a los cielos… En los 20 o 45 años después de su muerte, sus seguidores están totalmente convencidos de que Jesús, que para ellos era el maestro pero que para el imperio romano era un sedicioso que había predicado un reino de Dios en Jerusalén donde no cabían ni Poncio Pilatos ni Caifás ni el emperador Tiberio y que murió en la cruz, había resucitado y lo que es más fantástico, que vivía espiritualmente entre ellos. Entre lo que va de su muerte y la escritura de los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, se han puesto todos los fundamentos para la mitificación de los personajes, absolutamente todos. Después se irán desarrollando esas ideas”.

Ahora pasemos al argumento que si Jesucristo no existió cómo es posible que nombremos los años en antes y después de Cristo.  Vamos a ver. El sistema “antes y después de Cristo” (A.C. y D.C.) no se inventó hasta el siglo VI y no se aceptó de manera general en Europa hasta el siglo XI. Nuestro sistema de contar los años de esta manera se lo debemos al monje Dionysius Exigius (o Dionisio el exiguo), quien por orden del Papa Juan I elaboró una cronología fijando el nacimiento de Jesús en el año 753 A. U. C. (ad urbe condita) o año 753 desde la fundación de Roma. El año 1 de la era cristiana fue fijado por Dionisio en el 1 de enero del 754 A.U.C.

Los procesos de mitificación continuaron incluso en el siglo XIX. El líder estadounidense José Smith escribió un libro donde afirmó que tras su resurrección y ascensión Jesús hizo un vuelo con escala en América, en donde le predicó a los indígenas. Estos nuevos hechos hacen parte exclusiva de la doctrina de los mormones. Otras religiones de aparición más reciente dicen que Jesús fue educado en la India y que allí aprendió elementos del budismo, sincretizando sus creencias con elementos orientales. Todo lo anterior con la misma escasez de evidencia que las narraciones más tradicionales del catolicismo y protestantismo.

Como conclusión en términos académicos podemos decir que no hay evidencias del Jesús milagroso y divino. Bien podría Jesús haber sido un predicador común y corriente cuya historia se fue adornado con el pasar de los años. Algo que será difícil de creer para quienes en Semana Santa suben Monserrate, asisten a misa con toda devoción o pagan diezmos en una iglesia cristiana. Para otros, el depósito de nuestra confianza no podrá ir más allá de lo que las evidencias aporten.